El contagio de la COVID19, ¿estigmatiza?

Pasada la “primera y segunda” y estando en la tercera ola del coronavirus, llega el momento de reflexionar. Una de las realidades más palpables es el miedo a hacer público que se ha contraído la infección o que se ha pasado la enfermedad por COVID 19. ¿Por qué se oculta? ¿Cuál es el peso de las creencias sociales en esta actitud que afecta silenciosamente a personas e incluso colectivos?

El término estigma es de origen griego (στίγμα) y estaba asociado en sus orígenes a signos corporales con los que se intentaba exhibir algo malo y poco habitual con el estatus moral de quien los presentaba (Aretio, 2010). El DRAE recoge ambas acepciones haciendo referencia a “marca o señal en el cuerpo” y, en sentido figurado, “Desdoro, afrenta, mala fama”. Sin embargo, las conceptualizaciones etimológicas no son suficientes en este caso.  Desde el punto de vista de la Psicología Social, el estigma se podría definir cómo la posesión de algún atributo o característica que devalúa a la persona que lo tiene en un contexto social determinado. Es decir, los estigmas son y operan como categorías sociales sobre las cuales las demás personas poseen estereotipos, actitudes y creencias negativas, que acaban produciendo que quienes se adscriben a ese grupo sean discriminadas y excluidas (Dovidio et al., 2000, cit. en Magallares, 2011).

De acuerdo con UNICEF (2020), en el caso del COVID 19, los colectivos más afectados por el estigma son: 

  • Personas con resultado positivo en la prueba de detección del COVID-19, que se han recuperado de la enfermedad del coronavirus o han sido dadas de alta del área de cuarentena por el COVID-19.
  • Personal sanitario y personal de respuesta a emergencias.
  • Personal de servicios esenciales (sector de la alimentación, sector de entregas y repartos, ámbito agrícola y de plantas de procesamiento de alimentos, sector de recogida y tratamientos de residuos, etc.).
  • Personas con discapacidades o trastornos conductuales o del desarrollo que tengan dificultades para acatar recomendaciones.
  • Personas con afecciones subyacentes que cursan con tos.
  • Minorías raciales y étnicas (personas asiático-americanas, afroamericanas, etc).
  • Personas sin hogar.

Las epidemias no son algo nuevo e históricamente están bien documentadas. A partir de la segunda mitad del siglo XIV, por ejemplo, numerosas ciudades italianas publicaron reglamentos para extender ciertas prácticas preventivas para protegerse en lo posible de la peste negra (Betrán, 2006).  Otra epidemia conocida fue la fiebre amarilla. A principios del siglo XIX, están estudiadas varias epidemias de cólera, provocada por bacterias al consumir alimentos en mal estado y que suele ir asociada a falta de higiene pública básica y a inequidad social. Pero sin duda, fue la gripe española de 1918-1920 la epidemia que más estigma causó en España y fuera de ella, debido al contexto histórico y político del momento. La enfermedad causó entre 40 y 50 millones de víctimas, pero no hay consenso sobre las cifras reales (se habla hasta de 100 millones). Aquella gripe, cuyo origen estuvo en Estados Unidos, acabó siendo conocida en todo el mundo como española porque bajo la I Guerra Mundial la censura imperante en los países combatientes impidió que los Estados más castigados hicieran públicas las cifras reales de personas infectadas. España era neutral en aquel conflicto y sí informó abiertamente de sus 300.000 personas fallecidas y cerca de ocho millones de infectadas, ganándose la responsabilidad inmerecida de haber “creado” y expandido la enfermedad. Lo que sí parece claro es que esta epidemia mató a más personas que el propio conflicto bélico (Spinney, 2018). 

De forma más reciente, una enfermedad extendida que generó un alto índice de estigmatización social fue el VIH-SIDA, en parte vinculado al desconocimiento que durante años existió sobre sus formas y vías de contagio. Este estigma toma diversas formas, siendo las más frecuentes el aislamiento social, el rechazo a entablar contacto espontáneo, la negación de atención médica, la discriminación por su orientación sexual o la utilización de apelativos despectivos, como “sidoso/a”. Todos estos ejemplos nos muestran que el miedo a ser reconocida como persona enferma es algo que existe a lo largo de la Historia, lo único que cambia son las motivaciones y la intensidad con que se produce. 

Aunque el impacto de la pandemia está todavía por determinar, parece claro que luchar contra el estigma es una responsabilidad colectiva. Las consecuencias son graves, ya que pueden llevar a quienes lo sufren a adoptar conductas no saludables e incluso a provocar que no reciban la atención socio-sanitaria que necesitan. Su principal alimento es siempre el mismo: el miedo. Tal y como señala UNICEF (2020) el COVID 19 es una enfermedad muy nueva que aún estamos conociendo, por lo que resulta sencillo asociar el miedo a lo desconocido con “las otras y los otros”, “los y las demás”, como una vía inconsciente de autoprotección. 

 

Como profesionales del Trabajo Social Sanitario, es importante eliminar o reducir mitos, bulos. Tenemos un importantísimo instrumento para trabajar con la ciudadanía, como es el Proyecto de intervención social de sensibilización y concienciación sobre la COVID en el ámbito comunitario. Es por ello que se tiene que propiciar:

  • Comunicar información contrastada, con base en datos reales y actualizados. 
  • Cuidar el lenguaje (deben evitarse expresiones como “personas que propagan el virus”, pudiendo sustituirse por “personas que contraen la enfermedad”). 
  • Corregir conceptos erróneos sobre la enfermedad y no asociarla a grupos étnicos o a otros colectivos. 
  • Difundir hechos y utilizar un tono positivo (siguiendo medidas sencillas como lavado de manos y distancia personal estamos siendo responsables). 
  • Insistir en la prevención (salvar vidas protege a la sociedad en su conjunto).
  • Involucrar a personas con influencia social en los mensajes que se transmitan.

En definitiva realizar una intervención a nivel comunitaria para reducir o delimitar posibles mitos/bulos que alimentan a la estigmatización de las personas.

Por último no es menos importante dentro del Proyecto de intervención individual/familiar de la persona contagiada, el trabajar posible miedo, estigma…para así poder evitar otrao posibles problemas derivados del miedo.

 

Referencias

Betrán Moya, J.L. (2006). Historia de las epidemias en España y sus colonias (1348-1919). Madrid: La Esfera de los Libros. 

Aretio Romero, A. (2010). Una mirada social al estigma de la enfermedad mental. Cuadernos de Trabajo Social,  23: 289-300.

Magallares Sanjuán, A. (2011) El estigma de los trastornos mentales: discriminación y exclusión social. Quaderns de Psicología, 13(2), 7-17.

Spinney, L. (2018). El jinete pálido. 1918: la epidemia que cambió el mundo. Barcelona: Crítica.

UNICEF (2020). El estigma social asociado con el COVID 19. Una guía para prevenir y abordar la estigmatización social. Recuperado de: https://tinyurl.com/y9c9uyr8  [Consultado 12/11/2020]

 

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